DESDE JULCAMARCA AL ACUCHIMAY

"Recuerdos de la Campaña de La Breña" (Extracto) - Antonia Moreno de Cáceres-

"En esa dura campaña, de La Breña, para desorientar al enemigo Cáceres se convertía en forjador de caminos, los cuales tan pronto parecía que nos llevaban al infinito como otras veces se diría que nos iban a precipitar a las tiniebIas. Estas hazañas indujeron a los chilenos a llamar a Cáceres "El Brujo de los Andes", pues era verdad que a veces desaparecía entre las fragocidades de la sierra, , o se les presentaba de improviso para darles batalla. En esta vez, como preludio de la contraofensiva patriota que culminaría en las victorias de Marcavalle, Pucará y Concepción, vendría una ofensiva chilena que forzó nuestra retirada desde el Valle del Mantaro hacia Ayacucho...".

COCA BREÑERA
Al fin, después de tanto incidente llegamos a Acobamba, bastante mal- trechos. De ahí tuvimos que seguir raudamente a Jullcamarca, lugar aciago por el desastre que sufrió allí nuestro Ejército, al subir la cuesta interminable: Cuesta que parece construida por los míticos gigantes del Tiahuanaco; cuesta que desespera al más fuerte y paciente porque su ascensión dura horas y horas y no se vislumbra la llegada al pueblo, que reposa en la meseta del ciclópeo cerro. Mis pobres hijas, agobiadas por el cansancio, no cesaban de preguntar al indio guía: "¿En dónde está el pueblo?". El indio invariablemente respondía: "Aquisito nomás, niñay".
Para el indio la distancia no existe, pues es infante infatigable en marchas prolongadas llevando solo unas cuantas hojas de coca por todo alimento.
Al fin, al atardecer, llegamos a la cima de esa mole donde se encontraba un melancólico pueblito en el cual fuimos recibidas con cariño.

INTELIGENCIA AVELINA
Nuestros infantes indios que por atavismo veneraban a la Pachamama, al verla vejada revivían en sus corazones el orgullo de legendarios Hijos del Sol y, así como en épocas ancestrales, combatían en holocausto por la Patria y por el "Tayta", alma de la resistencia.
Muy buenos servidores tuvo el Perú en la Sierra Central: se presentaban voluntarios, formando escuadras de rejoneros cuyo valor era temerario, pues combatían a pecho descubierto. Había, entre otros, un indio que se distinguía por su viveza y arrojo; le servía a Cáceres de "chasqui" y era tal su velocidad para cumplir las comisiones, que lo bautizaron como "Santiago Volador". En cuando los soldados lo divisaban, gritaban: "Allí está Santiago Volador" y era como una fiesta, por que Santiago tenía siempre nuevas del enemigo. Él conferenciaba en secreto con el "Tayta" y le refería todo lo observado y oído. Cáceres le tomó cariño porque era muy leal, inteligente y patriota, exponiendo su vida en cada excursión que hacía, teniendo a veces que penetrar al campamento chileno.

CATACLISMO DE HUAYCOS
Volviendo al desastre de Jullcamarca, éste es de triste recuerdo, por la desgracia que sufrimos: mis hijas y yo ha-bíamos llegado al pueblo cuando se desencadenó la más espantosa tempestad que puede imaginarse. Parecía un cataclismo. La lluvia era torrencial, los truenos ensordecedores y los relámpagos y rayos impresionaban en la oscuridad de la noche.
El Ejército había sido sorprendido a media cuesta. El diluvio entorpecía la marcha y la tierra al desmoronarse arrastraba, en huaycos incesantes, a los desgraciados al fondo de los abismos, sepultando por doquier soldados, acémilas y ca-ñones.
Yo temblaba por mi marido, quien siempre venía a la cabeza de su tropa. Qué tremenda angustia pasé hasta que, a media noche, lo vi llegar casi helado, y con desesperación me dijo: "¡Hasta la naturaleza nos combate!".
Aquella noche la pasamos en vela, esperando a los soldados y oficiales extraviados que iban llegando en grupos; algunos sin sus jefes, porque en la oscuridad y fragor de la tormenta las voces de mando las absorbían los abismos.
En la madrugada, cuando apareció el pálido sol serrano, el cuadro del Ejército era asolador. Los restos de los que habían salvado de esa horrible tempestad estaban acampados en la cima del cerro; en la placita. Los pobres soldados, en el suelo, habían tendido sus ropas empapadas y desgarradas, y se dedicaban a desem-barrar sus armas.

EL "ROJO" CACERISTA
Los pobladores se solidarizaron, trayendo frazadas que repartían entre los soldados que tiritaban bajo la niebla.
El Ejército había quedado en esqueleto. Del millar que habían no quedaban más de 400 hombres. EI golpe fue atroz. Solo el distintivo de los breñeros, el kepis rojo, se destacaba en ese paisaje.
Cáceres, intensamente afligido, se inclinaba para consolar a sus infortunados "hijos", hablándoles paternalmente en kechua, procurando recompensar la abnegación de esos fieles muchachos. Cáceres sufría un momento de doloroso desaliento, pero pronto su voluntad se impuso y levantando la cabeza, arengó a sus tropas: "Basta con ustedes para triunfar: ¡Soldados! ¡Viva el Perú!".
La voz del "tayta" los conmovió bravamente, y olvidando los dolores sufridos, repitieron entusiastas: "¡Viva el Tayta!" y todos nuevamente alentados no pensaron sino en vencer.

¿DÓNDE ESTÁ EL EJÉRCITO?
Más tarde, se presentó a unírsenos una cabalgata de 25 jóvenes huamanguinos con ponchos de vicuña y sombreros de grandes alas. En cuanto vieron a Cáceres, le preguntaron: "¿Y dónde está el Ejército, mi General?". No sospechaban que esos pocos desnudos soldados fuesen los sobrevivientes de La Breña. Algo desconsolados, al contemplar los diezmados batallones, volvieron a preguntar: "Pero ¿dónde está su Ejército, mi General?".
Cáceres confesó el desastre, pidiéndoles que guardasen el secreto y volviesen a la ciudad, encargándo especialmente a los vecinos del barrio Carmenca, que lo ayudasen cuando él llegara, para develar la traición del Crl. Panizo, instigada por Piérola.
Panizo había parapetado sus 1,200 tropas en el Acuchimay, cerca de Ayacu-cho. La lucha era desigual; pero los nuestros tenían conciencia de defender una causa noble.

¡TRIUNFAREMOS!
Después de lo de Julcamarca, pasado el cansancio, los soldados reaccionaron y a la voz de mando se pusieron en marcha. Así, todos descendimos por la ladera. Los soldados, arma a la bandolera, bajaban lentamente hasta que llegamos a un riachuelo que corría por el llano.
Ahí Cáceres se despidió de nosotras, abrazó y besó a sus hijas. El sabía que los rebeldes estaban a tiro de fusil. La emoción era fuerte: separamos para que mi marido y los ayudantes, que considerábamos como a nuestros hijos, fuesen a batirse contra sus propios hermanos nos dejaba impresionadas.
Cáceres cruzó el riachuelo, seguido del cuerpo de ayudantes, deteniéndose en la otra orilla. Aún recuerdo el campo verde, embellecido por los tonos azulados de los cerros y por los cánticos de los breñeros. Como el sendero era estrecho, subían de a uno. Nosotras permanecimos a caballo, en la otra banda del río, contemplando el desfile de nuestros valientes por aquella cuesta que los conducían tal vez a la muerte y apenadas de pensar que a muchos de ellos no volveríamos a ver.
Cuando en la curva del cerro hubo desaparecido el último de los nuestros, volvimos bridas y cabalgamos hasta la hacienda llamada "Huan-chuy". Ahí, la familia Ruiz nos recibió cariñosamente. Yo temía por el destino de nuestras fuerzas, porque, después del revés ocasionado por la tempestad de Julcamarca, el Ejército había quedado destrozado. Y cuando la familia, adicta a la causa, me preguntaba: "¿Señora, venceremos?", yo respondía: "triunfaremos", aunque, desconfiando, no cesaba de orar.

LA TRAICIÓN DE PANIZO
Como nuestro equipaje no llegase aún, me ocupaba en coser ropa para mis hijas. Mientras tanto, mi marido se batía en lo alto del Acuchimay, aquel 20 FEB 1882. Él había agotado sus propuestas a Panizo para que fuese a reunírsele al Centro, a fin de luchar contra el chileno. Panizo respondió que "no tenía dinero para emprender Campaña". Entonces Cáceres ordenó, a su amigo Tomás Patiño, que vendiese su hacienda Ojechipa en el valle del Pampas. Patiño obedeció y llegó a darle a Panizo 7 mil soles de oro, que en aquella época representaba crecida cantidad. Panizo respondió que "no le alcanzaba".
Después de haber ofrecido Panizo acudir al llamado de Cáceres, posteriormente le desconoció autoridad, siendo ésta una rebelión descarada.

ACUCHIMAY...
La situación era grave: los chilenos venían a retaguardia y, al mismo tiempo, había que enfrentarse a este grupo de extraviados. Pero los nuestros no se arredraban. Llegaron al campo de batalla llenos de brío y tomaron posesión del Carmenca, batiéndose durante 4 horas. Distinguióse en la acción el batallón Tarapacá que se batía en el llano; y todos los demás breñeros, que se condujeron con bravura. El Crl. Secada escaló el Acuchimay y se batió a la bayoneta contra los batallones adversarios, comandados por el Crl. Feijóo y el Tte. Crl. Zagal, muertos ambos en la batalla. Cáceres también escaló el Acuchimay acompañado de su escolta. Dando un rodeo se presentó de frente a Panizo quien, en compañía de los coroneles Bonifaz, Vargas y otros, coronaba el cerro escoltado por 800 soldados y 4 cañones. La audacia de Cáceres dejó a sus contrarios paralizados. Cáceres les echó en cara su conducta y haciéndose dueño de la situación ordenó a sus ayudantes que los apresaran.
Las tropas que rodeaban a Panizo esperaban, bala en boca, la orden de hacer fuego: en ese instante Cáceres divisó entre los revoltosos a un antiguo corneta del Zepita, que había combatido bajo sus órdenes en el Sur y dirigiéndose a él le reprendió: "¡Tú también, Farfán, traicionas a tu general!" "¡Perdón mi general! ¡Nos habían engañado!", replicó éste y dirigiéndose a sus camaradas gritó: ¡"Viva el Perú! ¡Viva el Gral. Cáceres!", entregando las armas.
N. de R. En esos días, en el Valle del Mantaro se intensificaba tremendamente la resistencia guerrillera, que 2 meses mas tarde sería determinante para la contraofensiva cacerista, proveniente de Ayacucho, que despejaría de enemigos toda la Sierra Central, en el 2do. Semestre de 1882.