Cuando el "chapetón" funge de arqueólogo
ENTRE EL PAITITI Y LA TINKA

Los españoles que llegaron en oleadas sucesivas después de los primeros invasores, al encontrar copado el escenario indio "por saquear" (pues ya todo estaba repartido en Reparticiones y Encomiendas), optaron algunos (la mayoría se dedicó a holgazanear y esquilmar, aún más, al runa peruano) en organizar expediciones en busca de tesoros que según decían, "los inkas escondieron en la selva". Y claro, los indios, hartos de tanto hampón extranjero les seguían la corriente: "arí wiracocha" ("claro tayta, váyase al monte y no jodan aquí").

Uno de los primeros de esos "chapetones" fue Álvarez de Maldonado, a quien el Virrey le encomienda la "Entrada" a la región de "los mojos del Paititi", en 1568. Maldonado fue derrotado por la selva.
Durante la Colonia, los intentos por alcanzarlo se dieron en serie y desde diferentes puntos, comandados por clérigos, capitanes y hasta por porquerizos ávidos de sacarse la Tinka. Todos proclamando, claro, las más benignas intenciones ("pro bolsillo"). Unos lo buscaron desde el Cusco y desde Jaén de la Frontera "de los Bracamoros", otros desde Santa Cruz de la Sierra (hoy Bolivia) y desde Ocopa (Valle del Mantaro), e inclusive desde Asunción (Paraguay), y finalmente los últimos, nuevamente desde el Cusco… Hasta ahora.
Todos esos chapetones, de ayer y hoy, se inscriben en la codicia que caracterizó la búsqueda "del Dorado", "de la Canela" o "del Paititi"… contrarios al romanticismo de la búsqueda de la "sociedad ideal" contemplada por humanistas del s. XVI como en la "Utopía" de Moro, la "Ciudad del Sol" de Campanella o la "Nueva Atlántida" de Bacón.

CHAPETONES "MODERNOS"
Desde 1960, el "peruano de DNI" Carlos Neuenschwander, llevó a cabo ¡veintisiete! expediciones "en pos del Paititi", en la zona denominada Meseta de Pantiacolla, al oriente del Cusco. No halló nada.
En 1970 y estimulados por los escritos de este "explorador", un grupo de "gringos" financiados por la Peruvian Times, organizaron una expedición para llegar al Paititi. Guiados hasta cierto punto por 2 lugareños, los exploradores decidieron seguir solos el tramo que les quedaba y desaparecieron.
En 1979, Her-bert y Nicole Cartagena, estudiosos "sui generis", dijeron que avistaron una meseta con ruinas. Resulta que las mencionadas ruinas eran de un Tambo Inka llamado Mamería, cuyo "descubrimiento" fue registrado antes por una patrulla de infantería del EP acantonado en el Cusco.
En la década del 80, un sicólogo de Boston, Greg Deyermenjian, con millonario financiamiento hace una serie de expediciones acompañado por un guía cusqueño y un fotógrafo profesional. Recorren la región circunscrita entre la ceja de selva del Cusco y el Manú, fotografiando restos arqueológicos, pero del Paititi nada.
En 1996 volvió a realizar otra expedición (financiada por el mundialmente famoso Explorer Club) denominada "Expedición Río Timpia", llegando a un camino inka "ya descubierto antes por otro gringo" (obviamente) y que nuestros compatriotas del lugar transitan cotidianamente desde hace más de 5 siglos.
En 1,997 el noruego Lars Hafkold desapareció en las cabeceras del río Madidi (Bolivia) buscando el Paititi.
Llegamos a la "expedición" más reciente: La del polaco Jacek Palkiewicz quien al mando de 30 "investigadores" extranjeros y con un financiamiento millonario y "apoyo" del Gobierno Colonial Peruano, afirma que "por fin se encontró el Paitíti". ¿Pruebas? Ninguna. Huelga decir que anteriormente declaró: "el oro no me interesa". Solo faltó que agregase que iba a cristianizar "infieles" mashiguengas.

CHOLOS INVISIBLES
El denominador de estas "expediciones científicas" es la atmósfera colonial que admite el término "descubrimiento", sea por Colón, Pizarro, Orellana o algún reciente extranjero. ¡Cada cierto tiempo un gringo viene a descubrirnos! Acaso como si una expedición de coracoreños vayan a Europa y "descubran las ruinas del templo perdido de Stonehenhe", ¿estúpido no?
Y pues, ya es normal leer en la prensa criolla: "gringo tal descubre ciudad perdida tal", como el de la foto (CARETAS/AGO 2 - 2002) que dice "expedición de Gary Ziegler y Hugh Thomson descubre pueblo Inca en Vilcabamba: Cotacota, el último refugio de los inkas" apareciendo co-mo trocheros los "invisibles" compatriotas de la región, el que toma la foto es otro "cholo invisible", en otra foto aparecen "vecinos del lugar", quienes recorren con regularidad la zona tal como lo hicieron sus antepasados en busca de tierras por sembrar, y "van de ruina en ruina" que sus abuelos edificaron… "a la espera de un gringo que lo descubra y deje dólares". En el mismo artículo, líneas abajo dice: "Ziegler había recibido el dato de uno de los arrieros" que en verdad serían los "descubridores", pero ¡eso sí que no!: Son cholos.

La advertencia "antiprivatización" del indio Seattle
"Ustedes caminan hacia su autodestrucción"

En 1854, el jefe indio Seattle dirigió al presidente de los EEUU, Pearce, una carta que ha quedado como uno de los más sentidos testimonios en torno a la tragedia de las tribus indias norteamericanas, exterminadas a medida que avanzaba la Conquista del "Far West". Este documento, ha sido rescatado como un texto pionero en la defensa del medio ambiente y del ideal ecológico.

¿Cómo se puede comprar o vender
el firmamento, o aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida, sí no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de tierra es sagrada para mi pueblo. Cada mata de yerba, cada grano de arena, cada gota de rocío, y hasta el sonido de cada insecto es sagrado. La savia que circula por los árboles lleva consigo la vida del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su origen, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre misma. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.
Por ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje que requiere comprar nuestras tierras, pide demasiado: También dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir entre nosotros. ¿Acaso pretende sustituir a nuestro padre? Por ello desconsideramos su oferta de comprar nuestras tierras.
El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua sino también representa la sangre de nuestros antepasados.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro ser, y no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y una vez conquistada sigue su camino, dejando tumbas de sus padres sin importarle ello. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre tierra, y a su hermano firmamento, como objetos que se compran, explotan y venden. Su apetito devorará la tierra dejando un desierto.
No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay dónde escuchar có-mo se abren las hojas de los árboles en primavera, ni cómo aletean los insectos. Pero quizás esto de-be ser porque soy un salvaje. Y después de todo ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Pero prefiero el susurro del viento sobre un estanque, así como el aroma de ese mismo viento purificado por la lluvia.
El aire tiene un valor inestimable, ya que todos los seres compartimos un mismo aliento. El hombre blanco no es consciente del aire que respira; como un moribundo agonizante es insensible al hedor. Ignora que el aire es inestimable y que comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros.
Por ello des-consideramos su oferta. Y si la aceptáramos pondría una condición: El hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Lo que le suceda a los animales también le sucederá al hombre. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto miles de búfalos podrirse en la pradera, muertos por el hombre blanco desde un tren en marcha. No comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo que matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué sería del hombre si los animales fueran exterminados? También moriría; de gran soledad espiritual porque lo que le sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado. El hombre no tejió la trama de la vida, él es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios blanco pasea y habla con él de amigo a amigo, no queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos.
Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún vez: Nuestro Dios es el mismo Dios de todos. Ustedes pueden pensar que él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. El es el Dios de los hombres universales, y su respeto se comparte por igual entre piel roja y piel blanca.
Esta tierra tiene un valor inestimable para El y si se daña se provocaría la ira del Creador.
También los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos.
Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos porqué se exterminan los búfalos, se satura el bosque y las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Dónde está el matorral? Destruido ¿Dónde está el águila? Desapareció.
Termina la vida y empieza la supervivencia.