184 años de Ejército Peruano: frustraciones, traumas y esperanzas
DESARROLLO DEL SUBDESARROLLO DE LA DOCTRINA MILITAR “PERUANA”

I.- LAS TRINCHERAS DEL PUTUMAYO

La defensiva pasiva o estática no es recomendada por ningún Estado Mayor, pues se considera preferible, bajo el concepto que “la mejor defensa es el ataque”, una defensiva dinámica y móvil, más aún cuando la defensa se lleva a cabo en terreno de selva.
Pero haber logrado esta conceptualización (y la subsecuente reglamentación) le costó a los ejércitos desarrollados (inglés, norteamericano, japonés y francés) unos cuantos millones de bajas diseminadas en Borneo, Filipinas, Java, Malasia, Vietnam y Camboya.
Esto que ahora nos aparece obvio, y cuya costosa “experimentación” es comprensible en ejércitos no tropicales, resulta asombroso que haya sido “aprendida” por ejércitos tropicales, como el nuestro, paradójicamente de otros ejércitos cuyos países no tienen una hectárea de jungla.
En el caso del EP, esta “tara”; o sea el haber abrazado ciegamente la foránea “modernidad” doctrinaria obviando nuestra potencialidad etno histórica militar (la guerrilla de Manco Inka de Vilcabamba y la resistencia de Santos Atahualpa en la Selva Central), nos costó la perdida de 127,272 Kms2 comprendidos entre el Caquetá y Putumayo, incluido el Trapecio Amazónico.

LA “TARA” MAGINOT
En dicho conflicto (1932-33), el Comando Peruano embobado en la francesa “Doctrina Maginot” cubrió de “pequeños maginots” la espesura del monte amazónico de las riberas del Putumayo. A más de un oficial colombiano le costaría creer tal desperdicio de energía humana. Es pues, esclarecedor el diario de campaña de un teniente colombiano, luego de la pérdida de Guepi por nuestro ejército: “Poderosamente influidos por la técnica de guerra europea que les han enseñado sus maestros franceses, los oficiales peruanos no conciben la guerra sino como Guerra de Trincheras, y son técnicos en la construcción de fortificaciones. En Guepi como en Puerto Arturo han construido Kilómetros de trincheras casi inexpugnables”.
Si bien es cierto que ambos ejércitos “funcionaban” en base a la doctrina europea, sólo el EP tenía además a los mismos “inspectores” (franceses) vigilando el cabal cumplimiento de “su” doctrina, ensayada por los “disciplinados” y alienados alumnos peruanos: “Con brillantes conocimientos adquiridos en las academias francesas, se encontró, el Alto Mando peruano, ante una geografía distinta, que imponía un sello particular a las operaciones. Estos oficiales sin conocer el Oriente, dictaban cátedra sobre normas, planes y empleo de nuestras fuerzas en la selva. Sobre un tablero mal dibujado movían con gran agilidad mental las fichas de ese ajedrez cuya realidad era otra. He ahí el porqué del pobre rendimiento de nuestros oficiales en ese conflicto”. (Tte. Cr!. Zanabria.: “Luchas y victorias por la definición de una frontera” - 1948).

“NO HUBIERAMOS SUFRIDO TANTO”
En los enfrentamientos peruano-colombianos habidos en las riberas del Putumayo, en el EP se conjugaron los factores típicos de la milicia subdesarrollada: La alienación doctrinaria y la dependencia tecnológica. Es pertinente pues, la remembranza del Crl. Ramos (veterano de aquel conflicto): “Hice desenterrar unos viejos cañones Krupp del s. XIX, ya inservibles, y los coloqué para la defensa de Leticia. Con latas vacías de gasolina hice “minar” el río. Todo esto no era sino puro bluff porque ni los cañones servían, ni las latas eran minas”.
En cuanto a la logística, su desastroso desempeño resulta chocante si consideramos que precisamente ello fue un punto central del Plan General de Organización del EP realizado por la Misión Militar Francesa instaurada por Piérola desde 1898. Al respecto, el teniente de infantería Antonio Cavero (jefe del puesto de vigilancia Cotuhe y combatiente en Guepi) tendría duros términos ante aquella “moderna” logística: “Me veo en la necesidad de abrir los ojos a esa superioridad ante la realidad de las cosas. El ataque ha sido rechazado, pero pese a ello recojo la avanzada en vez de reforzarla como pensé hacerlo, por el estado sanitario de la tropa. Quedan de los 97 soldados, solamente 34 disponibles, pues el resto está tendido con fuertes fiebres. Del efectivo que tenía el 1er escalón, solo se batieron 20 porque el resto estaba enfermo. El servicio de sanidad no ignora el paludismo que se ha presentado aquí, y todo este descuido traerá grandes consecuencias no solo para los hombres sino para la Nación. La Intendencia no da carne. La tropa solo se alimenta de arroz semipodrido. Como se ve, la alimentación es deficiente y la debilidad de los soldados los tiene aptos para el paludismo. Si los intendentes en vez de quedarse con el dinero hubieran embarcado víveres no hubiéramos sufrido tanto. La moral de la tropa ha bajado mucho, que se releve a los enfermos agonizantes por lo menos y que se remita alimentación apropiada, dieta para enfermos, un aparato de radio, 2 ó 4 ametralladoras, ¡ya!”.
El EP, inerme doctrinalmente, estaba desprovisto de normas tácticas y logísticas reales para “su” Amazonía.
Es macabramente significativa la proporción de bajas en dicho conflicto, si hemos de dar crédito al informe emitido por la embajada de EEUU, por cada baja de combate hubo 30 bajas por enfer-medad, lo cual nos hace recordar el episodio de la Pedrera, ocurrido 23 años antes, en que de los 88 muertos peruanos, solo 11 lo fueron “por combate” y el resto por la hepatitis o “vómito negro”.

COLONIALISMO CASTRENSE
Independientemente a la trascendencia en la relación civil-militar que debió causar la recuperación de Leticia por civiles armados (reservistas loretanos), la misma necesidad “terrena” obligaría a los comandos subalternos a “rebelarse” contra la sacrosanta doctrina. Y se darían episodios como la “Sorpresa de Calderón” en la que un comandante haciendo caso omiso a los “estúpidas órdenes superiores” ejecuta una incursión que sería la única victoria peruana (56 soldados colombianos muertos al ser sorprendidos en su propio campamento). Asimismo, en el campo logístico tenemos (análoga a lo acaecido en los últimos conflictos con Ecuador) el empleo de compatriotas boras y aguarunas “cargueros” (yachis), así como el ancestral manguaré retumbando “en morse” en la selva para emitir mensajes o “manguaramas” que evitaron la interceptación y decodificación radial por parte del adversario.
Este nuevo trauma que puso en tela de juicio la presencia de la Misión Militar Francesa, a la postre determinó su cancelación.
Si bien es cierto que el trauma de 1879 sucedió con un EP empírico y desprovisto de doctrina (ni ajena ni propia), luego de la “gran reforma” militar francesa se suponía superados tales defectos. El episodio de la Pedrera (1911) apuntalaba tal suposición. Pero en la prueba crucial, en la definición por la entrega o no de territorios, aquel EP “ya modernizado y profesionalizado” y además provisto de “doctrina”... ¡No tenía “reglamentariamente” por qué ser derrotado! Reflejan la amargura del soldado peruano, las palabras del Crl. Vallejo (1932): “Hace un tercio de siglo que el país ha vivido creyendo en su preparación militar y eficiencia de sus técnicos, en la absoluta capacidad de sus brillantes oficiales, y en el momento de probarlos los resultados no han sido los que la patria esperaba”.
Retornamos así a las mismas limitaciones de 1879: La ausencia de doctrina original, que definitivamente continuaba derivando de la postración de nuestra potencialidad etno militar. Si bien es cierto que contra Chile logró surgir la performance nativista del Tayta y su doctrina de “Guerra de Circunstancias Especiales de Montaña Andina”, en el conflicto con Colombia no hubo ocasión que algún oficial rescatara tal potencialidad, “creando” un escalafón huitoto-bora, lo cual no hubiese sido difícil si se considera que en ese escenario y lugar guerreaba un curaca bora (Vencayé) contra caucheros como Fitzcarrald y Arana “El socio de Dios”.
Considérese que en aquella zona existía una población civil de 10,580 personas, de las cuales apenas 97 eran blancos o mestizos (empleados estatales y caucheros) y el resto (99%) cobrizos selvícolas para quienes aquel conflicto entre “colombias” y “perús” resultaba tan incomprensible como pudieron serlo las guerras entre pizarros y almagros para la masa poblacional andina.

II.- PRE-GUERRA DE 1879: “ES IMPOSIBLE...”

El capitán boliviano Ismael Heredia en su libro “Concentración del Ejército Boliviano en la costa por motivo de la Guerra del Pacífico” (Lima - 1930), refiere que en vísperas de la batalla de San Francisco “toda” la oficialidad boliviana “no había visto jamás un reglamento táctico” y que en toda la 5ta. División del EP solamente había “un jefe” que poseía tal reglamento.
El mismo Gral. Campero reconocería dicha limitación: “Es preciso confesar que en el Ejército Aliado había oficiales y aún jefes que ni siquiera habían visto el reglamento táctico de su arma”.
Convalida esa confesión, la memoria del Gral. Cáceres con respecto a las 2 únicas marchas nocturnas realizadas por el Ejército Aliado en esa guerra. Ambas (la 1ra. luego del desastre de San Francisco) y la 2da. (antes de la batalla de Tacna) fueron completamente lamentables y culminaron con el extravío total de las columnas, como se dice “al guerrazo”. Este empirismo daría lugar a las jactancias de Piérola: “Yo sé más de mili-cia que todos los generales peruanos jun-tos, puesto que he estudiado la estrategia y ciencia militar”. Pero aún así pierde las batallas de los reductos.
Al analizar los conflictos peruano-chileno de 1879 y peruano-colombiano de 1932, se puede constatar algo significativo:
-En el 1er conflicto, el EP carece de manuales y reglamentos, y por consiguiente de doctrina alguna.
-En el 2do conflicto, el EP está sobre excedido de manuales y reglamentos, y por consiguiente contaba con una, aunque extranjera, doctrina “vigente”.
-Pues entonces el problema siguió siendo el mismo: La ausencia de doctrina militar autóctona.

EL CLAMOR DE LOS COMANDANTES
Como reflejo de ello tenemos, en 1879, el trastorno del Alto Mando Aliado cuando repentinamente tiene que comandar fuerzas que quintuplican los acostumbrados 2 ó 3 millares de hombres del típico “caudillo sudamericano” (en Tacna el efectivo del Ejército Aliado fue de 13,000 y en los reductos llegó hasta 23,000). Y en la extensa y agreste selva del Putumayo de 1932, tenemos aquel trastorno (pero de manera invertida) cuando el Alto Mando Peruano tiene que aplicar, absurda pero “reglamentariamente”, una doctrina europea concebida para medios y efectivos fabulosos (propios de la 1ra. Guerra Mundial), con los escasos recursos materiales y humanos propios de la Amazonía: “Se trabajaba con unidades teóricas, hipotéticas, dotadas siempre de abundantes medios de combate cuya magnitud no estaba en relación con las dotaciones del EP. A tales unidades se hacía actuar en unmarco estratégico artificial, abstracto, en que se daban por resueltos todos los problemas logísticos. Una doctrina de guerra pre-establecida para la que era necesario «inventar» la situación estratégica”. (V. Villanueva).
Claro que en el interior del EP hubo conciencia de tal incongruencia. Pero solo en los mandos subordinados. Ya en 1872 el My. Norberto Eléspuru elaboraría un reglamento, “Infantería Peruana”, que como lamentaría el autor “fue rechazado por el Comando”. Dicho manual de maniobras, si bien es cierto que se sustentaba en la técnica occidental, contenía una táctica que “pensaba en el país” ya que consideraba, Eléspuru, absurdo el manual español vigente entonces, al cual “había que tenerlo en nada”: “Basta un somero examen del reglamento actual, para adquirir la certidumbre de su inconveniencia; unas cuantas páginas son suficientes para manifestar que este reglamento no es apropiado para nuestras circunstancias, que no tiene en cuenta nuestro medio ni nuestra organización. Un reglamento elaborado, modificado y derogado desde el extranjero, subsiste entre nosotros con todos sus defectos. Para obedecer el reglamento sería preciso volverse ciegos. Es imposible”.
Otro intento “revolucionario” lo tenemos con el hermano de Francisco Bolognesi, el Comandante Mariano Bolognesi, quien escribiría en plena Campaña del Sur un manual titulado “Máximas, Consejos e Instrucciones Sobre el Arte de la Guerra”, en el que se “simplificaba la técnica de empleo del arma para el soldado peruano”. Pese a que lo dedicó al Ministro de Guerra (Miguel Iglesias) no obtuvo su aceptación. Y su reclamo le valió ser detenido por orden de Piérola hasta la víspera de la batalla de San Juan, en la que combate como “oficial con arresto suspendido”. Muere en San Juan.
Por último, no se puede dejar de mencionar el manual exclusivo para la tropa, “Catecismo del Recluta”, del Tte. Crl. Soto Ouintanilla (1889) cuyo contenido se basaba en la experiencia de los veteranos de la Breña.
Pero todos estos esfuerzos en producir una doctrina de guerra nativa, sucumbieron ante el arraigado colonialismo mental del Comando, que recién, luego que el país perdiera más de 200,000 kms2 (Tarapacá, Arica, el Caquetá y el Trapecio Amazónico), reaccionaría mediante una fructífera y esporádica emancipación cuyos resultados se reflejarían en 1941.

III.- LA “INSUBORDINACION” DEL COMANDANTE MARIN

En relación a la guerra de 1941, existe consenso en la bibliografía militar peruana y ecuatoriana, que dicho conflicto significó un triunfo del Estado Mayor del EP. Efectivamente, en aquel conflicto el Alto Mando Peruano (escarmentado en 1879 y 1932) plantea con solvencia intelectual y en función a “su” teatro de operaciones, la estrategia correspondiente. En cuanto al Ejército Ecuatoriano, este se encontraba entonces en pleno proceso de “abobamiento” por una Misión Militar Italiana.

“UD. TIENE RAZÓN”
La solvencia intelectual a la que se alude, se resume a la “insubordina-ción” del Tte. Crl. José del C. Marín, quien en contra de la opinión del generalato hace prevalecer su plan, tal como narra Ortiz de Zevallos: “Marín expresó públicamente su discrepancia con el Alto Mando, afirmando que no existían las condiciones para asegurar el éxito. Las deficiencias indicadas por Marín, incomodaban a los generales y adalides de la burocracia castrense. Llamado a Lima, por orden suprema fue incomunicado. El presidente le llamó seriamente la atención; había recibido quejas de sus superiores, quienes consideraban peligrosa la permanencia de Marín en su cargo. Lo consideraban un elemento que quebrantaba la moral de la oficialidad. Prado escuchó atentamente al comandante y se convenció que tenía razón. Pero había que discutir las divergencias con el Alto Mando, que sostenía una tesis distinta. Mientras los altos jefes intercambiaban opiniones y presentaban sus planes al presidente, Marín esperaba ser dado de baja, pues permanecía incomunicado. Ya de madrugada, el presidente hizo su aparición y le dijo: Comandante Ud. tiene razón. Le otorgo plenos poderes para que, en mi nombre, haga conocer al Estado Mayor de Tumbes los cambios en el plan bélico.”

ZARUMILLA ANTES QUE TUMBES
La “herejía” de Marín consistía en que su sentido común atentaba contra las pautas de la doctrina vigente en el EP. Los sacrosantos manuales contemplaban, dado que se trataba de una defensa, la necesidad de delimitar una Línea de Resistencia (LAZOR) que estuviera 23 kilómetros al sur de la cortadura del río Zarumilla, que precisamente viene a ser la frontera. Y teóricamente el Alto Mando estaba “acertado”, puesto que según el reglamento la línea del Zarumilla debía ser ocupada por los elementos adelantados del grueso, y éste emplazado en una zona de resistencia (ubicada 23 kms. sur del Zarumilla). Y esos elementos, tales como las avanzadas de combate, secciones de reconocimiento, etc, debían ante el avance enemigo, alertar al grueso y a la vez replegarse resistiendo el avance. Ello hubiese implicado que la batalla que se dio, por la “herejía” de Marín en Zarumilla, se habría dado más al sur: Quebrada Grande, Puyango o en las puertas de la ciudad de Tumbes.
Marín dislocaría toda esa concepción “reglamentaria”. Una única línea en vez de las 2 que preconizaba el Alto Mando (Para el “hereje” Marín el río Zarumilla debía ser “Iínea de vigilancia y a la vez línea de resistencia”). No se justificaba un solo paso atrás: “Nada de repliegues, sino acción de atrás hacia delante, apoyando a los puestos para pasar a la operación ofensiva”.
La victoria del 41 revitalizó a una oficialidad que desde el combate del 2 de Mayo de 1866 no ganaba una guerra. El méríto doctrinario le correspondía al Cmdte. Marín, y la consecuencia de ello sería la fundación, en 1950, del CAEM con Marín como directorfundador. Pero también la década de 1940-50 es cuando el EP (substituyendo su relación militar con Francia por la de EEUU) comienza a abastecerse de material y técnica norteamericana, y por consiguiente a subordinarse a las pautas doctrinarias del US Army, el cual llega a enviar su 1ra Misión Militar en 1945. Subsecuentemente se iniciaría un nuevo “boom” de reglamentos foráneos (traducidos al castellano) cuyos efectos rigen hasta ahora en el EP, estupidizándolo nuevamente.

IV.- AUGE Y OCASO DE LA “ESCUELA” DE LA BREÑA

Si examinamos el historial de nuestra doctrina de guerra, tendríamos que sujetarnos a 2 épocas. La 1ra. de Autono-mía (hasta 1532), y la 2da. de Dependen-cia Externa (desde 1532 a la fecha). En relación a la Dependencia podríamos establecer varias sub-épocas:
- Dependencia hispana (1532 - 1820).
-Dependencia anglo-hispana (desde 1820 hasta fines del s. XIX).
- Dependencia francesa (desde fines del s. XIX hasta mediados del s. XX).
- Dependencia norteamericana (desde mediados del s. XX a la actualidad y con un “intervalo técnico” ruso).
Todas estas “dependencias” se carac-terizan por el copamiento de los altos mandos y/o puestos claves, por parte de una oficialidad extranjera y/o extranjeri-zada, y por consiguiente usurpadora de la Línea de Comando natural, ancestral e histórica del EP.
A su vez, esta larga dependencia se ha visto alterada en solo 2 ocasiones:
- La Campaña de la Breña (1881-85) en la que realmente se crea una doctrina de guerra nativa.
- La Campaña de Julio de 1941 en la que, ante el colapso de una doctrina forá-nea y la inexistencia de una propia, se recurre al “sentido común nativo” para acondicionar aquella doctrina en razón a “nuestro teatro de operaciones y nues-tros medios reales de combate”.

CÁCERES: TEÓRICO DE LA GUERRA
Respecto a la Campaña de la Breña, Cáceres sería específico:"Debía ante to-do enfocar el asunto relativo a la consti-tución del ejército, esto es, su modo de ser; adecuada a la índole de la campaña que se iba a emprender. La instrucción de mis oficiales fue objeto de mi preocupación. Y aunque eran veteranos del ex-tinto Ejército de Línea, quería que se penetrasen del sistema de guerra que pondríamos en práctica, muy distinto del que hasta entonces habíamos seguido desde Tarapacá hasta Miraflores. Nues-tra guerra era ahora una guerra de circunstancias especiales de montaña an-dina; de singulares facetas y modalidades QUE REHUSA TODO DOGMATIS-MO y SUJECION A RIGIDOS PRECEP-TOS ABSTRACTOS Y ORDENANCIS-TAS. Nuestra campaña consistiría en una combinación de pequeñas acciones locales; estratagemas, lazos, embosca-das, escaramuzas y golpes de mano, en los que la sorpresa, la rapidez de movi-mientos, las astucias y engaños, la maña y el artificio; más que la fuerza nos servirían para suplir las desventajas de nues-tra inferioridad numérica en hombres y medios”.Lo substancial de la doctrina preconizada por Cáceres, es que contempla a la sierra como eje militar del país; manteniendo el grueso de Ias unidades de tropa "en las cabeceras de los valles que se originan en la vertiente occidental de los Andes". Por consiguiente implicaba una reestructuración de la concepción militar peruana vigente desde 1532 (que comprende la preminencia de la costa sobre la sierra y, claro está, sin tener, por lo menos hasta inicios del s. XX, noción de la amazonía, lo cual explica el medio millón de kms.2 perdidos). Reparemos en que la misma fundación de Lima obedeció a un criterio marítimo militar tipo "cabecera de playa" que también se tornó, tal como lo fue durante el cerco de Quizu Yupanqui, en "ciudad de escape a media hora de galope al Pacífico".
Esta doctrina "breñera", en la medida que contempla su centro de gravedad geopolítica o heartland histórico en los andes, entonces constituye un poder disuasivo más efectivo que todo un cúmulo de armas sofisticadas.

RESURGIR E INSURGIR ETNOCACERISTA
Es decir, involucraba una emancipación doctrinaria que invertía la prioridad en la belicología común a toda FFAA degenerada por el espíritu colonial, anteponiendo la propia experiencia con respecto a la ajena. Afloraría entonces, inspirada en la performance de la Breña, una reglamentación nacionalista de autoría de veteranos y discípulos de Cáceres:
-Catecismo del Recluta (1888) del Cmdte. Soto Quintanilla (veterano de La Breña).
-Organización Militar Incaica (1904) del My. Manuel Bonilla (veterano de La Breña).
-Ciudadanos y Soldados (1932), Guerra de Guerrillas (1937) y Belicología (1937), del Cmdte. Julio C. Guerrero (ayudante y redactor de las Memorias del Gral. Cáceres).
Siendo la obra mejor lograda, la "Guerra de Guerrillas" de Julio Guerrero. En ella, el autor desarrolla la doctrina cacerista prescribiendo aspectos como la participación del elemento femenino en la guerra andina, el empleo de patrullas, el uso del kechua y aymara, etc, que resultan imprescindibles en el Ande y que a la fecha ningún manual extranjero (traducido al castellano) se le compara. Lamentablemente toda esta literatura Iiberadora se extinguió ante la inundación de una bibliografía Made in US Army que relegó como "arcaicismo" aquella literatura doctrinal breñera.
Con el Cáceres-Tayta resurge la originalidad estratégica que se perdió desde las campañas de los generales de Manco Inca. Dicha re-concepción llegó a tal originalidad que aparte de ser motivo de estudio en la Academia Militar de Austria, se adelantaría medio siglo a la Guerra Prolongada Maoísta. Tenemos en la terminología de Cáceres y de Mao, cierta comunión que si en la Breña se denomina "estrategia de desgaste", "defensa móvil y activa", "guerra en pequeño o de guerrillas", en la guerra prolongada se denominaría "guerra de desgaste", "táctica defensiva-flexible", "guerra de aniquilamiento", etc. Tanto Cáceres como Mao, hablaron militarmente el mismo idioma, razón por la cual se consideran las Memorias de Cáceres en la bibliografía senderista.
Como se puede apreciar, el accionar bélico del Ejército de la Breña hasta la captura de Lima en 1886, había generado, luego de 6 años de lucha, el surgimiento de una verdadera doctrina de guerra cuya trascendencia radicaba en que revaloraba el legado militar incaico.
Ya en el poder, una de las primeras medidas de Cáceres fue fundar, en 1888, un centro superior para la formación de oficiales (denominado Colegio Militar) cuyo 1er director sería el Crl. Eléspuru, el mismo que confeccionara el 1er reglamento made in Perú (1872).
En cuanto a la captación de la nueva oficialidad, por vez primera y única, se establece como requisito para ingresar "el haber servido como soldado en los cuerpos de tropa del Ejército de la Breña".
De esta manera llegó a perfilarse una institucionalidad militar de nuevo cuño, que se truncó con la caída del régimen cacerista en 1895, cuyo ejército, contra lo que registra la historia oficial, aguantó intacto la ofensiva pierolista comandada por el coronel alemán Paoli. Lo cierto fue que antes que por una supuesta presión popular (citadina y limeña), fue por presión externa (del Cuerpo Diplomático) que Cáceres abdica a la presidencia.

HORIZONTE GLORIOSO
Se debe precisar que la montonera "pierolista" fue política, racial y culturalmente de naturaleza opuesta a la guerrilla india que caracterizó la epopeya breñera. La primera fue organizada por el sector terrateniente, costeño, citadino y anti-andino, que solamente con Iglesias o Piérola podía asegurar la continuidad de la hegemonía criolla impugnada por los avelinos andinos y a duras penas reestablecida con el Tratado de Ancón, vía la traición de los criollos "peruanos".
Ese tratado (Ancón), independientemente de lo ignominioso que fuese, reestablecía el apartheid militar que desde 1532 había sido remecido por Santos Atahualpa, Túpac Amaru, Pumacahua, las guerrillas kechuas de Carreño, la Confederación Peruano-Boliviana de Santa Cruz... Y que el Cáceres-Tayta volvía a hacer peligrar al resucitar al Escalafón Militar de la vertiente de Manco Cápac.
Considérese además que los comandantes de las montoneras pierolistas se caracterizaron por no haber participado en la Campaña de la Breña y haber colaborado con Chile.
Hoy con el etnocacerismo, inspirado en el legado de Velasco, las FFAA del Perú, buscan en tornarse tahuantinsuyanas y por ende rescatar, hermanadas con su pueblo a "su" nación Ancestral.